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Mostrando las entradas etiquetadas como cuentos

Las Esmeraldas en el Río (1ª parte)

(con amor para Mis Princesas) Los días previos a ese que luego recordarían como El Día Que No Vieron Más , transcurrían como las nubes en primavera. Blancos, brillantes, con formas de animales fantásticos; desplazándose con plácida lentitud. La Pequeña Ainara vivía felíz en una hermosa cabaña de troncos en medio del bosque. La paz que experimentaba la llenaba de día y le regalaba dulces sueños de noche. Una mañana se levantó temprano, contenta, como todos los días y no escuchó ruido alguno, como era habitual y por ello, no se adelantó a buscar a sus Padres. Se bañó, se vistió, peinó su largo y negro cabello y bajó de su cuarto por la escalera que en esos días se cubría de flores. Buscó a Naia, su Madre, y no la encontró en la cocina. Tampoco en la sala. Salió y la buscó en el granero... ¡Nada! La situación empezaba a preocuparle. Regresó a su casa y en la entrada encontró a su Papá, sentado en el pórtico, con una expresión de tristeza evidente en el rostro y con una hoja que parecía un...

La Herencia

- Desde que andas detrás del Esenio te has convertido en un farsante; ahora me vienes con historias de piedad y perdón, cuando durante años no has hecho otra cosa que pelear conmigo la herencia de nuestro Padre… - Yo no peleo contigo, sólo quiero que respetes mi derecho. Si nuestro Padre viviera… - Pues ya te dije que sus palabras aquel día fueron producto de la demencia que provoca la agonía. Yo soy el primogénito y por lo tanto, todo cuanto mi padre acumuló en su vida, me pertenece. - No fue sólo en su lecho de muerte y lo sabes Jacobo. Sus últimos días fueron dedicados a convencerte de que Yo también tengo derecho a cosechar lo que mi Padre, ayudado por nosotros desde nuestra infancia, sembró. Y así pasaba los días, discutiendo con mi hermano al que no encontraba la manera de convencer. Aún siendo niños, trabajábamos los dos desde el amanecer para sembrar y cosechar el trigo. Cuidamos también el huerto y vendimos dátiles e higos. Por años. Reconozco que los mejores recuerdos de mi i...

El Tiempo

El tiempo es una condición para la existencia de nuestro “yo”. (Andrey Tarkovski. Esculpir el tiempo) Para narrar una historia, nada más absurdo que intentar seguir exactamente los sucesos según la hora en que acontecieron; no hay un solo personaje -sin eso no sería una novela- que viva a la misma hora que otros. ( Max Aub. El campo de almendros) El ser humano vive en el tiempo, éste es la sustancia donde el ser transcurre. La novela es un devenir temporal que transporta a los personajes de un instante a otro de su vida. (Andrés Acosta. Taller de Novela) La luz del mediodía no podía ser más brillante; el reflejo blanco en el pavimento cegaba a los trabajadores mientras buscaban refugio en las sombras raquíticas de los árboles frente a mi casa. La máquina avanzaba lentamente haciendo un ruido ensordecedor. Cada centímetro de pavimento que aplastaba era una música cruel decidida a taladrar los sentidos; la mezcla con el sufrimiento que provocaban las gotas salitrosas que escurrían ...

¡Agárrale un kleenex a Wanda!

L os clásicos empezarían por aclarar: "era un día como cualquier otro", pero no, no era un día que pudiera calificar al menos como parecido a todos los que le precedieron ese año. Tampoco podía yo saber en ese momento que sería por demás diferente al resto de los días que viví en ese 2009, hoy tan lejano. Mi trabajo en la compañía de gas era como un policía mal encarado que se aseguraba de que yo transitara del tedio al desconcierto en intervalos de tres horas hasta completar la jornada diaria, para luego darme la libertad de sumirme el resto de las horas en que estaba despierto (o aparentaba) en un sopor exangüe. Justo a la mitad de esa excitante etapa en mi vida, se le ocurre a Gonzalo en ventas ser despedido y me comisionan pro-tempore para atender algunos de sus pendientes. El fino término significa en mexicano que trabajaré dos posiciones y horas extras por el mismo salario, hasta que encuentren al sustituto, quien seguramente será contratado por el doble de lo que me p...

Al cielo...

E s divertido observar las caras de todos viendo hacia arriba. Me recuerdan una foto que tomé en la fiesta de mi sobrina. Dos niños observaban al tío que, soplando, hacía volar una hélice. Hechizados, con sus pequeños ojos encantados, viendo hacia arriba, llenaron el lente de mi cámara que tanto gusta de esas expresiones de asombro, tan plenas de vida. Pero hoy, aquí, no somos niños ni nos deslumbra la magia de un juego. Unos están atados al teléfono, otros, a sus vasos de alcohol de cortesía (de los más gustados en estos lares) y los más, con su manos firmemente pegadas a las mesas frente a ellos, en una posición expectante. Trato de escuchar las historias que se inventan a mis lados y no sé que me impresiona más: enterarme de los tratos de negocios que se cierran, las mentiras que se cuentan para ocultar el verdadero destino y compañía del viaje, o la capacidad para hablar sin detenerse mientras no ven a su interlocutor. Los ojos de todos están fijos en un punto frente a ellos y arri...

El observador

L a habitación era impresionante: sólo entrar dejaba mudo. Pocas veces había estado frente a un espectáculo tan inquietante. En una pared había un mueble con una cantidad incontable de libros de leyes ordenados por color, por editorial, por tamaño… los pequeños a la izquierda y los de mayor volumen al final. La segunda pared era aún más alarmante: centenares de fotos en las que sólo él aparecía. Las de mayor tamaño y enmarcadas de forma especial eran las que recordaban sus logros más importantes. La tercera pared era sobria (comparada con las otras) pues la cama que estaba recargada en ella impedía que el espacio fuera utilizado para mostrar otra colección. El espacio de pared sobre la cabecera era de un blanco inmaculado que permitiría sin duda hacer evidente el menor contacto de cualquier minúsculo ser. La sorpresa final la tuve al observar la cuarta y última pared en la que estaba la puerta por la que ingresé: había una pequeña cámara de video sobre el marco que parecía apuntar al e...