L a tierra se va a cansar un día de nosotros y nos va a sacudir cual rabo de toro a moscas insignificantes. Ella sabe su cuento y no se va a detener ante nada cuando llegue el momento; la tierra se quedó sin corazón desde los tiempos del negro vacío y no tiene excusa de enclenque para piedades no solicitadas. Ella está aguardando el momento de vengar esas heridas que sobre su piel hicieron los amores pasionales venidos más allá del alfa; nada le va a dar más gusto que usar las mismas ventanas redondas de su carne por las que el corazón salió hirviente y vivo para darnos una lección que quede en el recuerdo de todos los que creemos que la podemos dañar o incluso, en el colmo de la soberbia, que la podemos destruir. Las llagas que le quedan se elevan para no dejarnos olvidar que un día, no muy remoto, esas formas de mujer, elevadas y altivas, serán la fuente indomable de su ira. La fuente de sangre y dolor que se agranda con la rabia. ¿De qué le sirve querer engañarnos suavizando la cóni...